Cuando una biblioteca resulta dañada por una explosión, la pérdida visible son ventanas, cubiertas, muros y estanterías. La menos visible puede tardar años en medirse: catálogos inaccesibles, colecciones locales dispersas, equipos profesionales desplazados y comunidades que pierden uno de sus espacios cotidianos. En Ucrania, preservar libros significa a la vez proteger edificios, sostener servicios durante la guerra y preparar una reconstrucción que no reduzca la cultura a una fase decorativa.
A 1 de julio de 2026, la UNESCO había verificado daños en 540 sitios culturales, entre ellos 22 bibliotecas y un archivo. La lista no equivale a un inventario total de pérdidas: se construye tras contrastar incidentes con varias fuentes y se actualiza a medida que es posible verificar nuevos casos. Incluye, entre otras, bibliotecas municipales, universitarias y la Biblioteca Nacional Yaroslav el Sabio de Kyiv.
Un edificio es parte de la colección
En una emergencia, la prioridad humana es indiscutible. Cuando las condiciones permiten evaluar un centro cultural, el trabajo empieza por estabilizar. Hay que impedir la entrada de agua, controlar incendios, trasladar materiales expuestos y registrar qué se mueve. Un volumen mojado puede desarrollar moho; uno cubierto de polvo puede sufrir más daño si se limpia sin criterio; una estantería deformada puede convertir una operación de rescate en un riesgo físico.
El edificio no es un contenedor neutro. Mantiene temperatura, humedad, seguridad y orden topográfico. Si falla, incluso los materiales que no recibieron un impacto directo quedan amenazados. La electricidad interrumpida puede inutilizar servidores y sistemas de climatización. Las alarmas y evacuaciones reducen el tiempo disponible para atender colecciones. Los materiales raros requieren embalaje y transporte especializados que escasean precisamente durante una guerra.
La UNESCO diferencia los sitios inmuebles verificados de otras pérdidas del sector cultural. Una biblioteca puede mantener su fachada y haber visto interrumpidos su catálogo, sus adquisiciones o el acceso a recursos electrónicos. También puede seguir abierta y trabajar como espacio de refugio, información, conexión o apoyo educativo. Contar solo edificios destruidos deja fuera buena parte de esa realidad.
Digitalizar antes de que sea tarde
La digitalización funciona como una capa de continuidad, no como sustituto del original. Una copia de alta calidad puede conservar el contenido de un periódico local o un manuscrito aunque el ejemplar físico resulte inaccesible. Pero crearla requiere equipos, electricidad, almacenamiento seguro, metadatos y copias en ubicaciones diferentes. Hacer miles de fotografías sin descripción ni estrategia de respaldo produce otro conjunto vulnerable.
La guerra también ha mostrado la importancia de los catálogos compartidos. Saber qué existía, dónde estaba y qué características tenía permite priorizar rescates y detectar desplazamientos ilícitos. Los registros de procedencia son esenciales si una obra aparece después en otro lugar. Por eso la documentación bibliográfica es una forma de protección, aunque no tenga el impacto visual de cubrir una estatua con sacos.
El plan de acción de la UNESCO para la recuperación cultural plantea coordinación, evaluación de daños, formación y apoyo a profesionales. En abril de 2026, la organización informó de más de 75 millones de dólares movilizados desde 2022 para educación, cultura, medios e información, y pidió apoyo adicional para el siguiente bienio.
Qué significa reconstruir
Reconstruir una biblioteca no consiste necesariamente en reproducir el edificio perdido piedra por piedra. Antes hay que preguntar a la comunidad qué servicios necesita ahora, qué población ha regresado o se ha desplazado y qué barreras existían antes de la guerra. Una sede nueva puede mejorar accesibilidad, eficiencia energética y protección de colecciones, pero también debe conservar la memoria del lugar y evitar decisiones impuestas desde fuera.
La recuperación del fondo plantea dilemas. Algunos ejemplares podrán restaurarse; otros deberán reemplazarse; los únicos o anotados no tienen equivalente. Las donaciones internacionales ayudan, aunque un envío de libros sin coordinación puede saturar almacenes con idiomas, materias o ediciones poco útiles. La cooperación eficaz empieza por escuchar inventarios y prioridades locales.
También habrá que sostener a las personas. Bibliotecarios, archiveros, conservadores y especialistas en tecnologías de la información acumulan conocimiento que no se recompone comprando mobiliario. Si han sido desplazados o abandonan el sector, la institución pierde memoria operativa. Formación, empleo estable y redes profesionales son parte de la reconstrucción del patrimonio.
Lengua, edición y memoria local
Las colecciones ucranianas reflejan una historia multilingüe. Conservan publicaciones en ucraniano, ruso, yidis, polaco, tártaro de Crimea y otras lenguas, además de fondos creados bajo distintos regímenes políticos. Reconstruir no debería significar simplificar esa complejidad. Las decisiones sobre selección, retirada y reposición necesitan criterios profesionales y un debate público capaz de diferenciar descolonización, propaganda y testimonio histórico. La perspectiva editorial se enlaza con Prestar un ebook sin alquilar la biblioteca.
La guerra altera también la producción contemporánea. Bibliotecas que antes compraban novedades pueden perder presupuesto o canales de distribución, mientras editoriales y autores trabajan desde ciudades distintas o desde el exilio. Mantener adquisiciones documenta el presente y sostiene la cadena local del libro. Si una colección se congela en 2022, la memoria de los años de guerra quedará incompleta.
Cooperar sin duplicar daños
La ayuda internacional requiere intercambio de información. Escanear un fondo sin acordar formatos, enviar equipos incompatibles o crear plataformas que no puedan mantenerse después puede consumir tiempo escaso. Los proyectos más sólidos comparten estándares, forman a equipos locales y dejan copias cuya custodia está clara. La velocidad importa, pero también quién controlará los datos y podrá migrarlos dentro de una década.
La seguridad digital forma parte de esa cooperación. Un repositorio de emergencia puede identificar la ubicación de piezas vulnerables o contener datos personales. Copias distribuidas, controles de acceso y documentación de cambios ayudan a evitar que la protección frente a la destrucción física abra una nueva exposición. Preservar durante una guerra exige pensar simultáneamente en pérdida, saqueo y ciberataques.
Bibliotecas como infraestructura civil
Durante una crisis prolongada, una biblioteca pública puede ofrecer conexión a internet, un lugar calefactado, apoyo escolar, información fiable y una rutina. Esas funciones no rebajan su misión cultural; muestran por qué la lectura y el acceso al conocimiento son infraestructura civil. Un centro que conserva la historia local y a la vez ayuda a completar un trámite reúne pasado y presente en el mismo mostrador.
La estrategia presentada por la UNESCO en abril de 2026 insiste en situar la cultura dentro de la recuperación y la cohesión social. La idea importa porque las urgencias materiales pueden relegarla. Si se espera a que todo lo demás esté resuelto, muchas colecciones, competencias y vínculos comunitarios ya no estarán disponibles.
La cooperación futura deberá incluir investigación sobre pérdidas. Comparar inventarios anteriores a la guerra, registros de circulación, fotografías y catálogos colectivos permitirá saber qué desapareció, qué fue evacuado y qué se conserva en otra institución. Sin esa auditoría, una ausencia puede confundirse con destrucción y una pieza desplazada puede quedar fuera de cualquier reclamación.
También será necesario conservar testimonios del propio trabajo bibliotecario. Protocolos improvisados, diarios, mensajes y fotografías de rescate documentan cómo reaccionaron las instituciones. Guardarlos con consentimiento y contexto permitirá estudiar la emergencia sin reducirla a cifras y reconocer decisiones tomadas por equipos locales bajo presión.
Las 22 bibliotecas de la lista verificada son lugares concretos, no una estadística cerrada. Cada una contiene una selección irrepetible de publicaciones, documentos y relaciones humanas. Protegerlas significa asumir que una sociedad necesita sobrevivir a la destrucción y también conservar las palabras con las que podrá contarla, discutirla y comprenderla después.