Durante unos trescientos años, un manuscrito iluminado del siglo XIII permaneció en una colección privada y fuera del alcance de los especialistas. Cuando volvió a examinarse, su historia resultó estar escrita dos veces: una en las páginas visibles y otra en inscripciones borradas que la luz ultravioleta permitió recuperar. El volumen había pasado por las manos de un futuro rey de Francia y de tres miembros de la familia real inglesa.
Las Bodleian Libraries de Oxford anunciaron su adquisición en marzo de 2025, después de que el Gobierno británico impusiera una suspensión temporal de exportación y varias instituciones aportaran fondos. El manuscrito, ahora catalogado como MS. Duke Humfrey c. 1, fue declarado tesoro nacional y se conserva en la Weston Library.
Una Biblia para leer en francés
El libro contiene una traducción del Nuevo Testamento al francés antiguo, realizada en París hacia el final del siglo XIII. Es un testimonio temprano de la circulación de textos bíblicos en lengua vernácula y está decorado con 27 iniciales historiadas atribuidas al Maestro de Cholet. En ellas, pequeñas escenas pintadas hacen que la estructura del texto también sea una experiencia visual.
La primera procedencia era evidente. Jean, duque de Normandía y de Guyena, dejó su firma y títulos antes de convertirse en Jean II de Francia, conocido como Jean le Bon, en 1350. La cadena inglesa estaba oculta: las inscripciones habían sido raspadas o borradas, una práctica que podía responder a cambios de propiedad, herencias políticas o el deseo de sustituir una memoria por otra.
La imagen ultravioleta hizo legibles marcas asociadas a Thomas de Lancaster, Edmund Beaufort y Humfrey, duque de Gloucester. Este último reunió una gran biblioteca y donó libros a la Universidad de Oxford en el siglo XV. La sala construida para albergarlos acabaría dando nombre a la Duke Humfrey’s Library, aunque este Nuevo Testamento no parece haber formado parte de aquella donación.
Las ausencias también informan
Una procedencia rara vez forma una línea sin huecos. La base académica Bibale fecha el volumen entre 1276 y 1300 y recoge su permanencia entre descendientes de la familia Shuckburgh-Evelyn hasta 2023. Entre los propietarios medievales y esa colección privada quedan desplazamientos por reconstruir. Cada inventario, exlibris o referencia testamentaria puede añadir un tramo.
La tecnología no resuelve por sí sola esas preguntas. La luz revela pigmentos o tintas que responden de manera diferente, pero interpretar una marca exige paleografía, historia política, comparación de escudos y conocimiento de bibliotecas dispersas. Una imagen espectacular es el comienzo de la investigación, no su conclusión.
Una iluminación que también fecha
Las iniciales historiadas no son simples adornos. El modo de dibujar rostros, pliegues, arquitectura y fondos permite comparar el volumen con otros talleres parisinos. Esa atribución al Maestro de Cholet sitúa la fabricación dentro de una red de encargos y artesanos, mientras pigmentos y secuencia de cuadernos ayudan a entender cómo se produjo. Otro ejemplo concreto puede encontrarse en Novecientas piezas de Proust reaparecen para completar un archivo disperso.
El francés del texto ofrece otra capa. Traducir escrituras sagradas a una lengua de lectura cortesana ampliaba sus usos y públicos, pero cada versión implicaba elecciones doctrinales y léxicas. El manuscrito puede estudiarse a la vez como objeto de lujo, testimonio lingüístico y herramienta de devoción privada.
Salvar para hacer visible
La prohibición temporal de exportación dio tiempo a reunir el dinero para mantener el manuscrito en una colección pública británica. Ese mecanismo puede parecer paradójico ante un objeto creado en Francia y propiedad de un rey francés. La justificación británica se apoyó en su larga trayectoria inglesa y, especialmente, en su vínculo con Humfrey y la historia de la propia Bodleian.
El volumen está digitalizado, de modo que el acceso no depende solo de viajar a Oxford. La reproducción permite ampliar detalles y comparar páginas sin someter el pergamino a una manipulación constante. No reemplaza el estudio material, pero distribuye la posibilidad de formular preguntas.
La historia seguirá creciendo con preguntas menos regias: quién preparó el pergamino, quién copió el texto, quién pintó cada inicial y qué lectores dejaron desgaste o reparaciones. Los propietarios famosos abren la puerta, pero el objeto conserva también trabajo anónimo.
La rareza del manuscrito no reside únicamente en haber pertenecido a personas poderosas. Está en conservar las huellas de cómo el poder quiso escribir y borrar su presencia. La luz ultravioleta ha hecho visible una parte; el resto de la historia seguirá necesitando lectores.