Río de Janeiro es desde el 23 de abril de 2025 la primera ciudad de lengua portuguesa que ejerce como Capital Mundial del Libro. El título de la UNESCO dura doce meses, pero su prueba real no está en llenar un calendario de actos. Consiste en convertir la celebración en acceso sostenido a bibliotecas, lectura y producción editorial para una ciudad marcada por profundas desigualdades territoriales.
La UNESCO escogió Río por una propuesta que relaciona patrimonio literario, publicación sostenible, juventud y tecnologías digitales. La organización destacó su intención de utilizar el libro como herramienta de cambio social, alfabetización y reducción de la pobreza. El nombramiento sigue una red iniciada con Madrid en 2001 y que incluyó a Alejandría en 2002.
Del gran festival al punto de lectura
La programación presentada por el Ayuntamiento combina eventos de escala muy distinta. Incluye la Bienal del Libro, una edición especial del Premio Jabuti, exposiciones y cafés literarios, pero también actividades en las Bibliotecas del Mañana, visitas a bibliotecas municipales, acciones en librerías y ferias, recitales e intervenciones en terminales de transporte.
El objetivo es que la capitalidad no se concentre en recintos del centro o en públicos que ya leen. Proyectos como Noite com Livros, Rio de Livros y Academia Editorial Jr. buscan ampliar espacios, formación y cadena productiva. La presentación municipal del programa anunció además más de 50.000 beneficiarios directos de políticas nacionales de fomento cultural.
La dimensión de barrio se apoya en convocatorias públicas. En mayo, el Ministerio de Cultura brasileño informó de 5,14 millones de reales distribuidos mediante la Política Nacional Aldir Blanc a iniciativas de lectura, escritores y ferias. Los fondos alcanzaron a más de 130 integrantes de proyectos y buscaban fortalecer actividades ya implantadas en los territorios, no inventar desde arriba una comunidad lectora.
Una capital con muchas literaturas
Río posee instituciones emblemáticas como la Biblioteca Nacional, la Academia Brasileira de Letras y el Real Gabinete Português de Leitura. También es una ciudad de saraos periféricos, literatura negra, editoriales independientes, autores indígenas y bibliotecas comunitarias. La capitalidad puede conectar esos circuitos o limitarse a utilizar su diversidad como imagen. La diferencia dependerá de quién decide, recibe recursos y conserva capacidad de actuación cuando termine el año.
El portugués aporta otra escala. Ninguna ciudad lusófona había recibido antes el título, pese a que la lengua conecta comunidades lectoras de varios continentes. Esa novedad permite visibilizar traducciones y circulación entre Brasil, Portugal, Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea-Bisáu, Santo Tomé y Príncipe y Timor Oriental, sin reducir sus literaturas a un bloque homogéneo.
Leer una ciudad también es poder desplazarse
En una metrópoli extensa, la distancia condiciona la participación. Un acto gratuito puede seguir siendo inaccesible si exige horas de transporte o termina tarde. Llevar programación a terminales y redes municipales reduce parte de esa barrera, siempre que no sustituya la inversión estable en sedes de barrio. La descentralización se mide en mapas, horarios y frecuencia, sin reducirla al número de eventos. El contexto se amplía al leer Leer juntos sin leer lo mismo: anatomía de los clubes de lectura silenciosa.
Las bibliotecas comunitarias ocupan un lugar delicado. Muchas nacieron para cubrir ausencias públicas y conocen a sus lectores mejor que cualquier campaña temporal. Financiarlas puede ampliar su trabajo; cargarlas con burocracia o utilizarlas como decorado puede debilitarlo. La capitalidad necesita reconocer su autonomía y pagar la mediación que hace posible cada encuentro.
Qué quedará después de abril
Las capitales mundiales del libro se comprometen a un programa anual, no reciben una transformación automática. La evaluación debe mirar más allá del número de asistentes: horarios y fondos de bibliotecas, continuidad de mediadores, distribución territorial de ayudas, participación de escuelas y posibilidades económicas para autores, librerías y pequeñas editoriales.
El reparto de fondos federales ofrece una base medible. Si los proyectos pueden consolidar equipos, formar lectores y mantener redes, el título habrá funcionado como acelerador. Si todo termina con la última ceremonia, quedará como una marca cultural de temporada.
La evaluación también debería publicar lo que no funcionó. Aforos vacíos, barrios poco atendidos o ayudas demasiado breves contienen información para la siguiente ciudad y para las políticas locales. Una capitalidad útil deja memoria administrativa además de fotografías de actos llenos.
Río ha elegido presentarse como “un libro sin punto final”. La frase solo tendrá sentido si la ciudad conserva algo menos vistoso que un eslogan: lugares abiertos, profesionales pagados y lectores capaces de encontrar un libro cerca de casa.