Cultura escrita

Los archivos españoles que la Unesco incorporó a la Memoria del Mundo en 2025

Cartas en árabe, peticiones humanitarias y dibujos infantiles de guerra entraron en 2025 en el registro internacional que protege la memoria documental.

Cartas históricas, documentos humanitarios y un dibujo infantil conservados en un archivo
Imagen: NYC Wanderer CC BY-SA 2.0

Un archivo no tiene por qué contener una obra célebre para explicar una época. A veces lo hace mediante miles de solicitudes, una carta comercial, un dibujo infantil o una lista de nombres. En 2025, la Unesco incorporó 74 nuevas inscripciones a su Registro Internacional Memoria del Mundo. Entre ellas figuran tres candidaturas vinculadas a España que muestran formas muy diferentes de escritura: la correspondencia diplomática en árabe de la Corona de Aragón, el archivo de la Oficina de la Guerra Europea de Alfonso XIII y una colección internacional de dibujos y textos realizados por niños durante conflictos armados.

El programa Memoria del Mundo nació para identificar y favorecer la preservación de patrimonio documental con relevancia internacional. La inscripción no convierte los documentos en piezas inmóviles ni traslada su propiedad a la Unesco. Reconoce su valor, impulsa la cooperación y recuerda que el papel, la tinta y los soportes audiovisuales son vulnerables al deterioro, las catástrofes y el olvido institucional. El registro de 2025 reúne desde archivos científicos hasta colecciones políticas y culturales de distintas regiones.

La diplomacia escrita en árabe

La primera candidatura española reúne más de 180 cartas diplomáticas redactadas en árabe entre los siglos XIII y XV y conservadas en el Archivo de la Corona de Aragón. Son intercambios entre la monarquía aragonesa y diferentes poderes musulmanes del Mediterráneo. Su interés no se limita a la política exterior: los documentos permiten observar prácticas comerciales, fórmulas de cortesía, negociaciones y una red de relaciones que desmiente la imagen de dos mundos aislados.

La lengua es parte esencial de esa historia. Las cartas muestran que la comunicación institucional medieval dependía de escribanos, traductores y convenciones compartidas. Cada pieza es a la vez mensaje y objeto: el soporte, los sellos, la caligrafía y la forma de plegado aportan información que una transcripción por sí sola no conserva. La descripción del Ministerio de Cultura destaca precisamente el carácter excepcional del conjunto para estudiar las relaciones entre Europa y el norte de África.

Una oficina humanitaria dentro de un palacio

La Oficina de la Guerra Europea se creó en Madrid durante la Primera Guerra Mundial, cuando España permanecía neutral. Desde el Palacio Real se atendieron peticiones para localizar desaparecidos, poner en contacto a familias, interceder por prisioneros y facilitar repatriaciones. Su archivo conserva 182.868 solicitudes de ayuda procedentes de más de medio centenar de países, según Patrimonio Nacional.

La magnitud se entiende mejor al pensar en la unidad mínima del fondo: una persona que escribía porque no sabía si un hijo, una hermana o un amigo seguía vivo. Entre las peticiones aparecen nombres conocidos, como Giacomo Puccini, Rudyard Kipling, Vaslav Nijinsky o Charles de Gaulle, pero el valor del archivo reside sobre todo en la multitud anónima. Además, la oficina incorporó mujeres a tareas administrativas en un entorno de trabajo de la Casa Real donde aquella presencia era novedosa.

La Unesco describe el fondo como un testimonio de acción humanitaria y diplomacia neutral. Su digitalización facilita consultas que antes exigían desplazarse y manipular originales delicados. No elimina la necesidad de conservar estos últimos: el color del papel, las anotaciones, los sobres y las marcas de circulación siguen siendo datos históricos. Otra escala del mismo problema aparece en Ex libris: la pequeña obra de arte que cuenta por dónde ha pasado un libro.

La guerra vista desde la infancia

La tercera inscripción es una candidatura internacional dedicada a dibujos y escritos de niños en tiempos de guerra. Incluye materiales conservados en varios países y periodos, entre ellos testimonios relacionados con la Guerra Civil española. Frente al lenguaje oficial de partes militares y tratados, estas piezas muestran cómo la infancia representó bombardeos, evacuaciones, pérdida, refugios y vida cotidiana.

Interpretarlas exige cuidado. Un dibujo infantil no es una fotografía neutral ni debe utilizarse como simple ilustración emotiva. Está condicionado por la edad, el contexto, las indicaciones de adultos y el lugar en que se produjo. Aun así, incorpora voces que los archivos tradicionales han recogido pocas veces. También permite estudiar cómo escuelas, familias y organizaciones de ayuda intentaron dar forma a experiencias difíciles de narrar.

Conservar relaciones además de documentos

Las tres incorporaciones comparten una idea: la escritura crea relaciones a distancia. Una carta conecta cortes mediterráneas; una petición viaja hasta una oficina neutral; un dibujo comunica una experiencia para la que quizá no existen palabras suficientes. Preservar esos objetos implica mantener el contexto que permite entender quién escribió, para quién, con qué propósito y por qué el documento terminó en un archivo.

La inclusión en Memoria del Mundo ofrece visibilidad, pero no resuelve por sí sola la conservación, la catalogación ni el acceso. Esas tareas requieren personal especializado, depósitos adecuados, metadatos y decisiones éticas sobre datos personales. El reconocimiento de 2025 funciona así como una invitación a leer el archivo de otra manera: no como un almacén del pasado, sino como una conversación frágil que cada generación debe volver a hacer posible.