Cultura escrita

Cómo lee España en 2025: más ocio, más pantallas y la misma falta de tiempo

El 66,2 % de la población lee libros por ocio, pero un tercio continúa al margen. El barómetro de 2025 permite mirar edades, soportes, bibliotecas y desigualdades.

Personas de distintas edades leyendo en papel y digital dentro de una biblioteca pública
Imagen: Georgie Pauwels CC BY 2.0

La lectura por ocio volvió a crecer en España en 2025, aunque el dato general contiene experiencias muy distintas. El 66,2 % de la población de 14 o más años dijo leer libros en su tiempo libre y el 69,8 % declaró leerlos por cualquier motivo. Son máximos de la serie reciente, pero todavía un 33,8 % no lee nunca o casi nunca por ocio. Entre ambos extremos aparecen quienes leen cada semana, quienes abren unos pocos libros al año y quienes no encuentran tiempo, interés o una puerta de entrada adecuada.

Las cifras proceden del Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025, promovido por la Federación de Gremios de Editores de España con apoyo del Ministerio de Cultura y CEDRO. El estudio se basa en 4.800 entrevistas a población de 14 años o más. Como toda encuesta, mide respuestas declaradas y trabaja con márgenes estadísticos; no observa directamente cada sesión de lectura.

La frecuencia cambia la fotografía

El 51,5 % se considera lector frecuente de libros en tiempo libre, es decir, lee al menos una vez por semana. Otro 14,7 % lo hace de manera ocasional, alguna vez al mes o al trimestre. Sumar ambos grupos produce el 66,2 % conocido, pero separarlos ayuda a entender la intensidad del hábito. El promedio declarado se sitúa en 11,3 libros al año entre el conjunto de lectores, una cifra que no describe por igual a quien termina uno al mes y a quien concentra varios durante las vacaciones.

El crecimiento a largo plazo es claro. Desde 2017, la proporción de lectores por ocio ha aumentado varios puntos y la pandemia produjo un salto que, con oscilaciones, no se perdió por completo. Sin embargo, convertir esa evolución en una historia lineal de progreso sería arriesgado. Los hábitos dependen de edad, educación, ingresos, disponibilidad de bibliotecas, cuidados, jornadas laborales y oferta cultural. El porcentaje nacional es un promedio de condiciones desiguales.

Edad y género: brechas que no significan destino

Las mujeres registran una tasa de lectura por ocio del 72,3 %, frente al 59,8 % de los hombres. La distancia aparece en varias edades y no puede explicarse por una diferencia innata. La socialización, los géneros editoriales, la escuela, el uso del tiempo y la identificación cultural con la lectura influyen de maneras que la encuesta cuantifica solo parcialmente. El dato señala una brecha; investigar sus causas requiere otras herramientas.

Por edad, el grupo de 14 a 24 años alcanza el 76,9 %, la tasa más alta. Entre 25 y 64 años, el promedio es del 67 %, y a partir de 65 años baja al 58 %. La lectura juvenil desmiente la afirmación de que las nuevas generaciones han abandonado los libros por las pantallas. A la vez, la caída en edades avanzadas puede relacionarse con salud, accesibilidad, educación previa y disponibilidad, no únicamente con preferencia.

La juventud lectora convive con consumos audiovisuales y redes sociales. No hay una cantidad fija de atención que obligue a elegir un solo medio. Una persona puede leer novela, escuchar pódcast y ver series durante la misma semana. La pregunta útil no es si una pantalla derrota al papel, sino qué formatos, recomendaciones y comunidades sostienen la lectura en cada etapa.

La falta de tiempo encabeza las respuestas

Entre quienes leen poco o nada, el 42 % menciona la falta de tiempo como razón principal. El 32,6 % prefiere otros entretenimientos y alrededor del 20 % dice no tener interés por la lectura. Son respuestas diferentes y requieren políticas diferentes. Ampliar horarios de biblioteca puede ayudar a quien no encuentra un momento o un lugar, pero no necesariamente a quien asocia el libro con una obligación escolar frustrante.

Decir que falta tiempo tampoco revela cómo se reparte. Trabajo, transporte y cuidados pueden dejar fragmentos difíciles de convertir en una sesión sostenida. Los audiolibros y la lectura digital aprovechan algunos de esos intervalos, aunque no sustituyen las condiciones materiales que permiten leer. Presentar el hábito como disciplina individual corre el riesgo de responsabilizar a las personas de horarios que no controlan.

Papel y digital forman un ecosistema

El 33,2 % de la población lee libros en formato digital al menos una vez al trimestre, y un 27 % lo hace por ocio. El dato no anuncia la desaparición del impreso. La encuesta muestra coexistencia: muchos lectores combinan soportes según precio, disponibilidad, viaje, accesibilidad o tipo de obra. Un dispositivo permite ampliar letra, buscar términos y llevar una biblioteca; el papel ofrece una experiencia independiente de batería y plataforma.

El audiolibro mantiene una presencia menor, pero consolidada. Un 8,7 % declara escucharlo con alguna frecuencia, sumando usuarios frecuentes y ocasionales. Escuchar no reproduce exactamente la experiencia visual del texto, pero sí activa interpretación, memoria y atención lingüística. Para determinadas personas abre acceso durante desplazamientos o cuando una discapacidad dificulta el impreso.

La discusión sobre soporte suele olvidar la propiedad. Un libro físico comprado puede prestarse o revenderse dentro de los límites legales. Una licencia digital depende de una cuenta, un formato y una plataforma. Esa diferencia afecta a bibliotecas personales y a la conservación, aunque la comodidad de acceso sea inmediata. Un caso complementario está explicado en Dominio público 2026: por qué no libera las mismas obras en España y Estados Unidos.

Comprar no es lo mismo que leer

El 65,5 % compró algún libro durante 2025, incluidos los de texto. Si se excluyen estos últimos, la tasa queda en el 54,1 %, 6,8 puntos por encima de 2017. El promedio entre compradores de libros no escolares fue de 8,5 ejemplares. Parte de la lectura procede, sin embargo, de préstamos, regalos, bibliotecas domésticas y archivos digitales. Utilizar ventas como único indicador dejaría fuera una porción significativa del hábito.

La librería mantiene un papel importante como punto de compra y recomendación, junto a cadenas, internet y otros canales. Su función cultural no se reduce a despachar unidades: ordena una oferta enorme, conecta novedades con fondos y permite descubrimientos no gobernados solo por historial algorítmico. Esa mediación es especialmente relevante para editoriales y autores con menos inversión promocional.

La biblioteca como infraestructura cotidiana

El 29,8 % acudió a una biblioteca durante el último año. Quienes la utilizaron le otorgaron una valoración media de 8,1 sobre 10, y el 58 % había tomado algún material en préstamo durante el trimestre anterior. La asistencia no se limita a llevar libros: incluye estudio, actividades, prensa, internet y acompañamiento profesional.

El dato nacional esconde diferencias de proximidad, horarios, colecciones y transporte. Una biblioteca excelente a cuarenta kilómetros no ofrece el mismo acceso que una sucursal de barrio. Tampoco basta con abrir puertas si los fondos no reflejan edades, lenguas, capacidades e intereses de la comunidad. La alta valoración indica confianza; la cobertura territorial decide quién puede convertirla en uso.

Las bibliotecas son además uno de los pocos espacios donde leer no exige comprar ni consumir algo adicional. En un contexto de alquileres altos y viviendas compartidas, disponer de luz, silencio y asiento tiene un valor material. Esa dimensión suele desaparecer cuando la lectura se presenta como una actividad puramente privada.

Qué puede afirmarse con el barómetro

La síntesis de la Federación celebra el crecimiento, y los datos lo respaldan. También muestran una base persistente de no lectores y brechas que no se corrigen al mismo ritmo. La encuesta permite describir quién declara leer, con qué frecuencia y en qué soportes. No demuestra por sí sola que una medida concreta haya causado el aumento.

Para Biblioteca de Alejandría, la conclusión editorial no es perseguir un lector promedio inexistente. Hay jóvenes que leen mucho, mayores que necesitan letra accesible, personas que alternan audio y papel, compradores intensivos y usuarios de préstamo. Una cultura lectora sólida se construye ofreciendo caminos diferentes y evitando que uno se considere menos legítimo que otro.

El 66,2 % es una buena noticia, pero no un punto de llegada. Su valor está en abrir preguntas sobre el tercio restante y sobre la calidad del acceso de quienes ya leen. La continuidad del libro no se decide en una pelea entre papel y pantalla. Se decide en el tiempo disponible, la educación, las bibliotecas, las librerías y la posibilidad de encontrar una obra que merezca continuar.