Un libro electrónico puede abrirse sin errores y seguir siendo ilegible para parte de su público. Puede tener una cubierta atractiva, superar una validación técnica y, sin embargo, ofrecer capítulos sin encabezados, imágenes sin descripción, notas que no permiten volver o un orden de lectura que salta del título al pie de página. La accesibilidad no es una etiqueta añadida al archivo terminado. Es una cualidad de la estructura editorial desde la primera versión.
La entrada en aplicación de la Directiva europea de accesibilidad el 28 de junio de 2025 ha dado urgencia comercial a esta idea. La Directiva (UE) 2019/882 incluye libros electrónicos, programas especializados y lectores electrónicos entre los productos y servicios cubiertos. Pero cumplir no equivale a perseguir una lista de fallos al final: la reparación tardía suele ser más cara y menos coherente que una producción nacida accesible.
El documento de origen ya contiene el destino
Un EPUB refluible está formado, en esencia, por documentos web empaquetados. Para que un lector de pantalla anuncie un capítulo, el título debe ser un encabezado real, no un párrafo grande y en negrita. Para saltar una cita extensa, esta debe estar marcada como cita. Para comprender una tabla, las celdas necesitan relaciones que no dependen solo de bordes y colores.
Si el original de procesador de textos emplea estilos semánticos de forma consistente, la conversión puede conservar gran parte de esa lógica. Si cada aspecto se resolvió manualmente, alguien tendrá que reconstruirla. La plantilla editorial debe diferenciar títulos, subtítulos, cuerpo, listas, citas, pies, notas y cambios de idioma. Ese trabajo mejora a la vez la impresión, el EPUB y futuras transformaciones.
La especificación EPUB Accessibility 1.1 del W3C aplica las pautas de accesibilidad web al conjunto de la publicación y añade requisitos propios, como navegación por páginas, reproducción sincronizada y metadatos de descubrimiento. La unidad de evaluación no es una pantalla aislada: es el libro completo. Un capítulo correcto no compensa un orden erróneo en el índice de lectura.
Describir una imagen exige criterio editorial
El texto alternativo no es el nombre del archivo ni una obligación de longitud fija. Su función depende del uso de la imagen. Un adorno puede quedar marcado para que la tecnología de apoyo lo ignore; una fotografía documental necesita la información relevante para el argumento; un gráfico requiere explicar su tendencia o proporcionar los datos de otra forma.
La persona que redacta la alternativa debe conocer el libro. Externalizar todas las descripciones al final, sin contexto, produce frases genéricas que duplican el pie o no identifican lo importante. En obras de arte, ciencia o historia, puede hacer falta una descripción breve junto a otra extensa. El flujo de trabajo ha de permitir ambas y registrar quién las revisa.
Las cubiertas también cuentan. Decir solo «cubierta» no distingue un título de otro en una biblioteca. Una alternativa concisa puede incluir título y autor cuando esa información está incorporada como imagen. Si la cubierta añade contenido visual con valor, se amplía sin convertir la descripción en crítica artística improvisada.
Navegar es una forma de leer
Una persona que lee visualmente hojea, calcula cuánto falta y reconoce una página por su composición. En audio o braille digital, esas acciones dependen de la estructura. El índice debe enlazar a destinos correctos y describir niveles reales. La lista de páginas permite coordinar el EPUB con una edición impresa, algo esencial en aulas y clubes de lectura. Los saltos de página no deberían interrumpir la voz como si fueran contenido.
Las notas plantean una prueba reveladora. El enlace de llamada necesita identificar que conduce a una nota; la nota necesita un camino de vuelta. Cuando existen decenas, la navegación debe permitir saltarlas o recorrerlas sin quedar atrapado al final del libro. Lo mismo ocurre con recuadros, ejemplos y elementos complementarios: su relación con el texto principal no puede depender solo de estar «a la derecha».
El idioma general y los cambios de lengua deben marcarse para que la síntesis de voz ajuste pronunciación. Las cursivas no bastan. Nombres, poemas o citas pueden necesitar además ayudas de pronunciación, pero conviene probar qué interpretan realmente los sistemas de lectura y evitar soluciones que solo funcionen en una aplicación.
Los metadatos permiten encontrar lo que ya es accesible
Un libro bien construido puede resultar invisible si la tienda o la biblioteca no sabe describir sus prestaciones. Los metadatos de accesibilidad indican, entre otras cosas, qué modos de lectura admite, si contiene alternativas textuales, qué riesgos presenta y con qué norma se ha evaluado. No son publicidad libre: deben corresponder al archivo distribuido. Una perspectiva cercana puede verse en El libro digital que se deja transformar.
La información atraviesa varias empresas. Sale del EPUB, pasa al distribuidor, llega a catálogos comerciales y bibliotecarios y termina en una ficha que el lector consulta antes de comprar o pedir prestado. Si un eslabón elimina campos, la persona vuelve a adquirir a ciegas. Por eso la accesibilidad también es interoperabilidad comercial.
Validar no es probar
Las herramientas automáticas detectan etiquetas ausentes, contrastes insuficientes o relaciones rotas, pero no saben si una descripción explica la imagen ni si el orden de una tabla tiene sentido. Un proceso serio combina validación del formato, comprobaciones automáticas de accesibilidad y lectura manual con varias tecnologías.
Conviene probar navegación por teclado, lector de pantalla, ampliación, cambio de colores y tamaños, búsqueda, marcadores y lectura sin conexión. No hace falta evaluar cada título en todos los dispositivos del mercado, pero sí mantener una matriz representativa y revisar casos complejos. Incluir a lectores con discapacidad aporta problemas que una simulación no revela: controles mal nombrados, esperas sin aviso o rutas técnicamente válidas pero agotadoras.
La gestión de derechos digitales puede convertirse en otra barrera si impide usar tecnologías de apoyo, copiar una cita permitida o mover el libro entre dispositivos compatibles. Proteger una obra y permitir su lectura no deberían tratarse como objetivos enfrentados. La evaluación debe incluir el archivo tal como se entrega, con la capa de distribución aplicada, no únicamente el EPUB limpio del departamento de producción.
Una cadena editorial que aprende
El cambio más eficaz es asignar responsabilidades. Autoría y edición entregan estructura y contexto; diseño define comportamientos adaptables; conversión conserva semántica; control de calidad prueba; comercial transmite metadatos; distribución no rompe el resultado. Cada incidencia encontrada debe regresar a la plantilla o al manual, para no repetirse título tras título.
También hay que conservar evidencias: versión del archivo, fecha de prueba, herramientas empleadas, incidencias conocidas e informe de conformidad cuando exista. Si se actualiza el libro, se vuelve a evaluar lo afectado. Accesible no es una cualidad eterna de un fichero aislado, sino una afirmación verificable sobre una versión y una experiencia de lectura.
Las obras con fórmulas, mapas, cómic o disposición fija necesitan decisiones específicas. Forzarlas a una columna puede destruir relaciones; conservar solo la imagen impide navegar. A veces la respuesta es ofrecer más de una representación coordinada y explicar sus prestaciones en los metadatos. La conformidad no exige fingir que todos los libros son iguales, sino proporcionar alternativas equivalentes y operables.
Producir así no crea una edición especial para un grupo reducido. Crea un libro más resistente: se adapta a pantallas, permite buscar y navegar mejor, admite lectura visual, auditiva o táctil y conserva su estructura al cambiar de sistema. La auditoría final sigue siendo necesaria, pero deja de ser una operación de rescate. Confirma un trabajo que comenzó cuando alguien aplicó correctamente el primer estilo de título.